Uber contra el Monopolio Amarillo

El sector del taxi barcelonés se ha visto convulsionado recientemente a cuenta del desembarco el pasado mes de abril de Uber, la aplicación móvil que permite a sus usuarios recibir servicios de transporte urbano e interurbano por parte de conductores, a los que no se les exige más requisitos para operar que tener el carné de conducir en regla, disponer de un coche y estar dado de alta como chófer en Uber.

La reacción del grupo de presión del taxi no se ha hecho esperar ni en Barcelona ni en muchas otras grandes ciudades del mundo occidental como BerlínMadrid o ParísEn defensa de los privilegios que les brindan las Administraciones Públicas, los taxistas reivindican la prohibición inmediata de esta clase de aplicaciones. Argumentan en su defensa que los chóferes de Uber no son profesionales regulados por la autoridad competente y que, por tanto, la barrera de entrada que pretenden erigir está justificada en aras de proteger no su modelo de negocio, sino al consumidor.

La imagen que nos dibuja el lobby taxista es equiparable a la expuesta por el brillante economista francés Frédéric Bastiat, en la que los fabricantes de velas y candelabros exigían al Estado una defensa resuelta ante la dura competencia que imponía sobre su sector un competidor tan desleal, en lo que a provisión de luz se refiere, como el propio sol. La analogía es extremadamente acertada sobre todo si nos centramos en sus resultados: tanto en el caso de los taxis como en el de los fabricantes de velas encontramos a un grupo de presión que exige, violencia medianteperpetuar un modelo de negocio ineficiente (si se contemplan las alternativas y las innovaciones, como ocurre con Uber) en su beneficio y en detrimento de los consumidores, es decir, en detrimento del resto de la sociedad civil.

Casos como este son frecuentes en presencia de regulaciones estatales que consisten en otorgar licencias y demás privilegios. Así, los colegios profesionales, como el de abogados o el de enfermeros, son otro ejemplo de colectivos que viven, bajo el amparo estatal, de privilegios que bloquean los dos procesos de mercado que hacen posible la rápida aparición de innovaciones disruptivas y la progresiva mejora de la oferta de bienes y servicios: la competencia y la función empresarial. La existencia de esta clase de organizaciones constituye, por tanto, un lastre para el progreso de la civilización que debe ser denunciado y puesto de manifiesto.

SFL AlemaniaEl miércoles pasado, nuestros compañeros berlineses de European Students For Liberty organizaron una contramanifestación a las protestas de los colectivos taxistas de la capital germana. La respuesta de estos últimos fue la violencia: intentaron arrancar por la fuerza las pancartas a los activistas liberales de ESFL y lanzaron objetos metálicos al ver que la prensa se interesaba por las proclamas de nuestros compañeros. Típico: les faltan argumentos, de modo que recurren a la violencia, el clásico último recurso del incompetente.

El mercado siempre va dos pasos por delante del Estado en lo que a innovaciones se refiere, por lo que todo apunta a que nos tocará aguantar una temporada más de paternalismo estatal protegiéndonos de brillantes soluciones como la propuesta por Uber, que consiste en un abanico de nuevas posibilidades de transporte. Todo ello, ¿por nuestro bien?

ValdeCarlos Valderrama Montes

Presidente de Students for Liberty Barcelona, Diplomado en Ciencias Empresariales y estudiante del Doble Grado de Estadística y Economía (UB y UPC).

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