¿Quién es el enemigo?

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La multitud de tragedias que lo españoles, y el resto del mundo, hemos sufrido desde el inicio de la crisis, nos conducen inevitablemente a cuestionarnos; ¿Por qué? ¿Cómo hemos llegado aquí?

La enorme contracción de nuestro bienestar en los últimos años, no ha sido resultado de ninguna tragedia natural; terremotos, guerras y demás. Así pues, solo queda apuntarnos a nosotros mismos, los seres humanos, como responsables de nuestra presente circunstancia.

Siguiendo esta línea, el pensamiento general, suele atribuir parte, sino toda, la culpa al Capitalismo. Es decir, el sistema de convivencia e interacción que hemos desarrollado los seres humanos. Se entiende, que en mayor o menor medida, las economías occidentales son “Capitalistas”. No hace falta, pues, mirar más allá. El capitalismo nos ha conducido a donde estamos. ¿O no?

Si queremos analizar la presencia del Capitalismo en nuestra sociedad, tenemos que definir primero qué es el Capitalismo.

El Capitalismo es un sistema de interacciones sociales que se basan en el respeto de la libertad y de la propiedad privada.

Por libertad, nos referimos a que un individuo sea libre de actuar en persecución de sus interese sin que ninguna fuerza externa, persona o Estado, pueda impedírselo de manera forzosa. La libertad negativa, o derecho negativo, se entiende como ausencia de coacción.

Citando al célebre filósofo Hobbes:

Libertad significa, propiamente, ausencia de oposición; por oposición quiero decir impedimentos externos del movimiento(…) Un hombre libre es aquel que, en aquellas cosas que puede hacer en virtud de su propia fuerza e ingenio, no se ve impedido en la realización de lo que tiene voluntad de llevar a cabo.

La defensa de la propiedad privada, también es un imperativo, ya que nos permite trazar los límites de las libertades de cada persona. Es decir, tú no tienes libertad para hacer uso de la propiedad de otros, y de la misma forma, tienes la libertad para hacer uso y disfrute de tu propiedad.

Así pues, libertad y propiedad, son las bases sobre las que se asienta el Capitalismo. Lo que se pretende con este sistema es minimizar los conflictos entre individuos o grupos, es decir, mantener y promover la paz ante todo. A fin de cuentas, todos podemos coincidir en que será en un mundo pacífico y seguro donde podamos alcanzar el mayor nivel de prosperidad a través de la plena colaboración humana.

Capitalismo, a mi entender no es más que eso.

Sin embargo, no se puede negar que el termino Capitalismo, o Capitalista, se usa más a menudo que no de forma despectiva y con connotaciones negativas.

Se entiende que el Capitalismo es el egoísmo de ser humano. Se entiende que en un mundo libre, donde cada uno va por su cuenta, podremos esperar lo peor del ser humano. Que la codicia y la búsqueda de poder dejará a los más débiles desamparados. El extremo empobrecimiento de unos en favor de unos poderosos será inevitable.

Cuando la gente reprocha el Capitalismo, realmente suelen estar reprochando un rasgo de la naturaleza humana.

Obviamente, estas personas entienden que los hombres somos malos por naturaleza, y que es necesaria una fuerza externa que, limitando nuestra libertad, promueva las acciones “socialmente” deseables.

Por poner unos ejemplos: Cuando una empresa tiene que recortar su plantilla; culpa del “Capitalismo”. Cuando los sueldos son “bajos”; culpa del “Capitalismo”. Cuando una tienda local se ve desplazada por una multinacional; culpa del “Capitalismo”.

Como ya he dicho, lo que se reprocha no es el sistema en sí, sino ciertas acciones específicas que nos parecen “malvadas”. Obviamente, todo lo anterior es culpa del Capitalismo, es decir, una excesiva libertad para actuar. Así pues, no queda más que permitir que el Estado blanda la espada de la intervención y la regulación, a saber, la suplantación de interacciones voluntarias por la imposición de procedimientos mediante la amenaza de coacción.

Más debemos entender que esta forma de pensar, y actuar, es tanto inmoral, como ineficaz.

Inmoral, porque censura las acciones de la gente. Porque limita nuestra libertad de una forma que no es permisible. Se crea oposición o prohibición haciendo uso del poder coactivo del Estado, frente a acciones que no dañan a terceros directamente.

Resulta altamente incongruente, que tantas personas, y sobre todo entre los más jóvenes, e apoye un cambio hacia un mundo con más libertades  “sociales”, mientras que permiten que en cuestiones “económicas” el Estado nos prohíba y nos regule.  A día de hoy, se entiende perfectamente que una persona debería tener la libertad para decidir con quién se casa, o que debería tener la libertad para hacer uso de las sustancias que quiera.

Sin embargo, si utilizamos los ejemplos de antes, la gente no tiene ningún problema en que el Estado prohíba coactivamente ciertas acciones. Por ejemplo, para prevenir que una empresa lleve a cabo muchos despidos. O a la hora de establecer un sueldo mínimo. Nadie para a pensar que, independientemente de su eficacia, las acciones voluntarias entre personas no deberían ser interferidas. Ofrecer un trabajo a alguien por cualquier sueldo, no es algo ilegal. Poca gente parece apreciar que lo único que hace el empleador es ofrecer una posibilidad a las personas. No obliga a nadie a hacer nada, ni está privando a nadie de nada, ni mucho menos de un sueldo mayor. En ningún momento queda la libertad ni los derechos de nadie violados. Simplemente se pretende crear una relación mutuamente beneficiosa. Vale la pena remarcar este punto. Las decisiones y acciones que tomamos en un marco de libertad, es decir, voluntariamente, son por definición beneficiosas. ¿Por qué permitir que el Estado censure relaciones mutuamente beneficiosas?

El empresario que hace despidos, también está en su pleno derecho. De nuevo, entendemos que el empresario ofrece siempre una posibilidad, y por lo tanto, no le está quitando al trabajador nada más que lo que el mismo le ha dado. El trabajador no tiene “derecho” a conservar un trabajo, más allá de lo que establezca el contrato que ambas partes hayan firmado voluntariamente. Forzar al empresario a mantener la relación en caso de despido, es equivalente a forzar al trabajador a entablar la relación a la hora de contratar. En esencia, amabas son formas de esclavitud.

Así pues, está absolutamente fuera de lugar que el Estado intervenga en mi plan de negocios, como lo está que impida a alguien casarse con una persona del mismo sexo.

Por eso mismo es incongruente creer en las libertades “sociales” y no en las “económicas”. No se pueden separar. La libertad es simplemente eso, libertad. La forma que tome y como categoricemos la acción humana es irrelevante. La acción humana es siempre acción humana. La carga moral y legal de su censura es siempre la misma.

Y con eso, llegamos a mi segundo punto. Esta forma de pensar que inevitablemente nos lleva a querer intervenir en los aferes de las personas, es tanto inmoral como ineficaz.

¿Ineficaz en qué sentido? Pues a la hora de avanzar la causa del ser humano. A la hora de concebir los deseos y verdaderas intenciones de la gente. Todo esto, lo hace el mercado libre, no la intervención; dejad que me explique.

Precisamente, aludiendo a todos los “vicios” del Capitalismo, el ciudadano justifica la intervención pública. Si bien se acepta que el Capitalismo significa libertad y que cada uno actúe por su propia voluntad, se entiende que lo que se manifiesta como resultado de esta libre interacción, no es “socialmente” deseable. De nuevo, me refiero a la “paradoja del socialismo”. Por alguna razón, los socialistas piensan que actuando libremente, los humanos no conseguiremos nuestro “verdaderos” objetivos, lo “socialmente” deseable. Se les escapa que, precisamente, lo socialmente deseable queda definido a posteriori, como el resultado de nuestras acciones, la manifestación de nuestros deseos. Condeno la soberbia de aquel que diga saber cuáles son las “preferencias” de la sociedad. Del que se crea tan iluminado como para pensar que lo que él imponga forzosamente será superior a lo que voluntariamente deciden hacer las personas.

Pensamos que el pueblo  necesita poder de decisión para controlar el mercado a nuestro gusto. No nos damos cuenta de que el poder de determinar el mercado en todas sus dimensiones, ha estado siempre a nuestro alcance. No es la papeleta que tiramos a las urnas sino la moneda que llevamos en bolsillo. Como consumidores es precisamente como moldeamos el mercado a nuestras verdaderas preferencias. Es precisamente así, como aseguramos que las empresas tengan buenas prácticas. Es así, como conseguimos coordinar nuestros deseos con nuestros proyectos, y por tanto, como conseguimos lo que desea la sociedad, que es siempre el consumidor.

Volviendo de nuevo a los ejemplos planteados, cuando una empresa despide a alguien, es más que seguro que estará perpetrando una acción, indeseable, para algunos, pero esto dista mucho de decir que es socialmente indeseable. Si los despidos son procedentes de un juicio correcto, esto estará actuando en favor del bienestar de la sociedad, es precisamente así como una empresa justifica su presencia en el mercado. No hay que pensar que el empresario despide para aumentar sus beneficios, eso es solo el resultado de la voluntad del mercado. Lo que tenemos que apreciar es que el mercado ha cambiado sus preferencias. Quizás ya no quieren tanta producción del bien A, y más del bien B. Es simplemente natural que menos gente trabaje en A y se dediquen a B.

Lo cierto es, que en contra de lo que piensa mucha gente, no es que las empresas se “beneficien” al despedir trabajadores. Todo lo contrario. Las empresas se benefician y crecen contratando trabajadores. Si se requiere un recorte de plantilla es debido a faltas de demanda, o a presiones competitivas que requieran reducir costes. Pero estas acciones son siempre en respuesta  al, y en beneficio del consumidor.

De la misma forma, pasamos por alto que, como consumidores, nos beneficiamos de que los sueldos sean bajos. En un mercado competitivo, esto será siempre sinónimo de menores precios. Bienes más asequibles. Por contra, está mal pensar que los trabajadores están siendo “explotados”. Nunca se puede llamar explotación a las decisiones de voluntarias de la gente. Se suele argumentar que el trabajador no actúa libremente, porque está bajo la presión de conseguir un sueldo con el que subsistir, lo cual lo hace débil. Pero esta es una condición humana que ha existido desde nuestros orígenes. Nuestros antepasados también se veían forzados a trabajar, cazando y demás, para subsistir, pero no por ello estaban siendo “explotados por la naturaleza”.

Y en cuanto al tema de las multinacionales, queda claro que el votante, no es lo mismo que el consumidor. Hablar es fácil, pero las acciones mandan. Mientras que la gente puede decir que deberíamos comprar productos locales, ellos mismos, como consumidores, demuestran que no es eso lo que valoran, cuando dejan de comprar localmente en favor de un menor precio. De nuevo, ¿que debemos entender por las preferencia sociales, lo que digan votantes y políticos, o lo que hacen con su dinero los consumidores? Para mí la respuesta es clara.

Más el problema es aún más grave. Lejos de ver la intervención pública como una puesta en práctica de lo “socialmente” deseable, debemos entender que se trata de un aberrante e indiscreto abuso de poder por parte de los gobiernos y los poderosos.  El poder corrompe, y es inevitable, que su acumulación en manos de unos pocos, conduzca a la corrupción. Mientras esta concepción de la función del Estado persista, seremos expuestos a la patrimonialización del poder. Es decir, no podremos evitar que los políticos utilicen su poder en beneficio propio. No podremos evitar que empresas y gobernantes se lucren a costa de los demás. Qué limiten la competencia con regulación. Qué pasen leyes en detrimento de los consumidores. No se trata de corrupción, sino de un abuso de poder sistematizado. Las instituciones de los lobbies están más que asentadas. Es más que sabido, que los miembros de agencias “regulatorias” se conforman por participantes de la misma industria. Es más qué sabido, que los partidos reciben “donaciones” de las mayores empresas, para que sus intereses, no los de la “sociedad”, si quiera, sean representados y defendidos haciendo uso del poder del Estado.

¿Si ponemos el poder en venta, que podemos esperar?

Se convertirá inevitablemente en una herramienta de los más poderosos. Es precisamente así como se divide la sociedad.

El problema, no es el capitalismo, que distingue entre pobres y ricos, sino el Estatismo, que distingue entre aquellos que actúan bajo la ley, y aquellos que controlan, y por lo tanto, están por encima de ella. Es así, como el consumidor pierde la soberanía del mercado. La empresa, deja de desvivirse por los deseos del consumidor, y empieza a movilizar sus recursos en defender sus intereses políticamente. Esto  significa actuar fuera de la legalidad, significa jugar por otras normas, significa sobornos, favoritismo, amiguismo, significa lucrarse no en beneficio de los demás, sino a costa de ellos. Significa, en definitiva, una completa corrupción del mercado libre.

Pensaréis pues, que concluiré este artículo diciendo que la culpa está en el Estado. En las acciones de los políticos corruptos, y de sus coates, las poderosas empresas, pero no. Decir esto sería errar del mismo modo que erran los socialistas al culpar al empresario que recorta plantilla. Sería analizar el síntoma, sin diagnosticar la enfermedad.

En este caso, la verdadera enfermedad, es nuestro propio pensamiento liberticida. Porque somos nosotros mismos, quienes cedemos el poder a los gobiernos. Somos víctimas de nuestro propio miedo, que nos hace creer que sin el velo protector del Estado no estaremos seguros. Nosotros dejamos que nos arrebaten nuestras libertades y derechos.

El verdadero enemigo, pues, somos nosotros mismos.

JamesJames Foord Hernández

Estudiante de economía en la UPF, defensor de la libertad.
21stcenturyeconomics.wordpress.com

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