¿Qué pasa con los bancos?

Hoy en día, la gente tiene opiniones muy fuertes sobre los bancos. La crisis financiera de 2008 mostró claramente al público que algo no funcionaba en el sector financiero. Si no, ¿cómo podía haberse permitido que se gestaran desequilibrios de tal magnitud?

Sin embargo, una opinión fuerte no significa una opinión formada. La mayoría de personas atribuiría parte, si no la totalidad, de la culpa de lo que sucedió al sector financiero. ¿Pero de qué manera?

Es frecuente oír emitir discursos sobre la “irresponsabilidad” de los banqueros, fruto de una laxitud moral que solo se puede encontrar entre las filas de los “asquerosamente” ricos. (O algo por el estilo). Un discurso muy llamativo, un eslogan al que una gran mayoría se puede acoger y que dice de forma resumida “los ricos son los causantes de todos nuestros males”. Precisamente, ese mismo discurso fue el que adoptó Hitler para unificar al pueblo alemán bajo el odio contra los judíos, colectivo al que relacionaba con los banqueros y los capitalistas.

Pero este es un tema completamente aparte. Hoy vamos a investigar por qué falla el sector financiero, mucho más allá del superficial análisis que puedan realizar los medios de comunicación, políticos o expertos de turno. Analizaremos cuáles son concretamente los factores causantes de la situación en la que nos encontramos hoy.

Partimos del supuesto de que la función bancaria es una actividad legítima, que nace de forma espontánea del mercado. No es más inmoral que otras profesiones, ni es algo de lo que podamos, ni queramos, prescindir. Es fácil dejarse llevar por la imagen de un trader mirando una pantalla con números que suben y bajan, y pensar que no es muy diferente a ir a una tragaperras y ver como suben y bajan frutas. Pero eso no puede ser todo nuestro conocimiento sobre cómo funciona el sector financiero. Debemos apreciar, ante todo, que las finanzas sirven para ayudar a perfeccionar el tan imperfecto mundo en el que vivimos. Para reducir el riesgo y la incertidumbre, para asegurarnos contra los males futuros, para hacer fluir el capital donde más se necesita y, en definitiva, para hacer posible lo que sin ellas sería imposible. Todo esto lo puede hacer un sistema financiero honesto y libre.

Ahora bien, sí que existen muy buenas razones para criticar el funcionamiento del adulterado sistema financiero del que gozamos hoy. El mercado bancario, por así decirlo, dista mucho de ser un sistema honesto y libre. Todo lo contrario es cierto, tenemos hoy un mercado completamente monopolizado, tanto en materia de banca, como en materia monetaria.

Nos encontramos frente a un único Banco Central, que gestiona una única moneda de curso legal, y que tiene un único interés al que servir: el suyo propio.

Y así pues, me pregunto: ¿cómo tantas personas pueden achacar los males del entramado bancario a un sistema excesivamente “libre”? ¿Cómo pueden pedir a gritos más control y más intervención del Estado?

El problema emana de la relación que ostentan bancos, Banco Central y Estados, y concretamente, en los privilegios, de los que goza la banca en general. Fruto de esa relación altamente rentable para todos sus partícipes.

Gracias a estos privilegios, el sector financiero puede beneficiarse del arbitraje de dos elementos:

1. El arbitraje entre las tasas de interés a corto y largo plazo: el descalce de plazos.

2. El arbitraje de riesgos.

Estos mecanismos contribuyen al beneficio de los bancos, pero perjudican los intereses de la economía, y es que en ellos podemos encontrar la explicación a los recurrentes ciclos económicos.

Empezaremos con el segundo de estos puntos, que es algo más simple.

El arbitraje o descalce de riesgos se basa en captar financiación, con un perfil de riesgo bajo, a saber, depósitos a la vista, e invertirla en activos de riesgo más elevado. Así, el banco capta financiación barata, por el bajo riesgo que anuncian, pero luego lo invierten o prestan con una mayor prima de riesgo, captando así un mayor interés.

Este descalce de riesgo lo puede practicar impunemente el sector financiero, gracias a las garantías, tanto implícitas como explícitas de los Estados, y del Banco Central, creando lo que los economistas llaman formalmente un riesgo moral.

En ausencia de estas garantías, un banco que practicase una política de inversión así, acabaría por caer en la insolvencia. Sus resultados no se ajustarían a las expectativas de sus consumidores. Serían demasiado volátiles y la gente, los tenedores de depósitos, abandonarían ese banco. De hecho, antes existía una gran distinción entre bancos comerciales, más seguros, y bancos de inversión, más arriesgados. Fue la introducción de una garantía Estatal lo que permitió la unificación de estas dos funciones. Me refiero, por supuesto, a lo que en España llamamos Fondo de Garantía de Depósitos. En España, los depósitos inferiores a una cuantía de 30.000 euros caen bajo el velo asegurador del Estado. Es fácil ver, pues, como esto genera unos incentivos perversos para el banquero. A esta garantía explícita le podemos sumar la garantía implícita de los rescates bancarios. Y es que en última instancia, el Estado se ocupará de socializar las deudas del banco irresponsable. No en vano, ya que si no, ¿quién financiaría ese insostenible déficit? Ya empiezan a asomar las orejas del lobo…

Pero hay más, y es que gracias al monopolio que la banca ostenta sobre la moneda (que, por cierto, se lo concede el Estado) goza de una capacidad de refinanciación ilimitada. A saber, que en cualquier momento, el Banco Central puede otorgar créditos a ridículas tasas de interés. ¿Cómo? Pues imprimiendo papel moneda. El monopolio y derecho exclusivo que tiene el banco central de imprimir dinero para su uso y disfrute. Algo que si hiciéramos tú o yo, supondría un delito de gravísima índole.

Elaborando más el tema, el descalce de plazos crea unos incentivos perversos para que el banco se endeude a corto plazo y preste a largo, operando casi siempre de forma excesivamente precaria. El banco puede tomar los créditos que obtenga, tanto de sus clientes como del Banco Central, y prestarlos a plazos de 20 o 30 años, aun siendo créditos de 1 o 2 años, o incluso depósitos a la vista.

Descalce plazos

Debemos apreciar que no existe una única tasa de interés, sino varias. El ahorro puede tener distintos plazos. Si tú quieres ahorrar a 5 años, la inversión que se acometa deberá tener una madurez del mismo tiempo. Dicho de forma simple: en 5 años quieres tener tu dinero, no quieres que tu capital esté inmovilizado por más tiempo.

Y es por eso que existen diferentes tasas de interés, siendo lo normal que las de largo plazo sean superiores a las de corto. El banco, pues, explota esta discrepancia entre plazos sin más. ¿Cómo hace esto sin caer en una inevitable suspensión de pagos? Gracias a la financiación barata que percibe, y sabe que seguirá percibiendo, del banco central. Pero está financiación no proviene de ahorro real. No supone posponer el consumo de hoy para aumentarlo mañana: es tan solo dinero creado de la nada.

Es como pagar las deudas de tu tarjeta de crédito con otra tarjeta de crédito, como coger los depósitos de todos tus clientes e invertirlos en un proyecto de construcción. Básicamente, es insostenible: es un total desequilibrio entre el beneficio a corto plazo y la estabilidad a largo.

Pero las consecuencias van más allá de las finanzas del propio banco. Esta forma de intervención acabará por cebar los desajustes de los ahorradores y los inversores. Creará un esquema de financiación, que no se ajusta a las necesidades de la sociedad. El arbitrar los plazos, las tasas de interés a largo plazo caen y esto propicia que la demanda suba, creando pues una situación en la que los agentes económicos, en conjunto, tenderán a endeudarse a largo plazo, pero con financiación a corto plazo. Un esquema insostenible en el que no se pueden cumplir las expectativas de todos los agentes. Y así explota la burbuja.

Mientras, los Estados y los bancos participan en un juego al que no pueden perder. Los bancos financian al Estado, el Estado rescata a los bancos, el Banco Central financia a los Bancos y rescata al Estado. Y fueron felices y comieron perdices.

Con esto finalizamos el análisis técnico de la mala praxis bancaria. Procederemos ahora a ver qué implicaría desmontar este adulterado, pervertido y envilecido sistema financiero-estatal. Para hacerlo tan solo hay que llevar a cabo dos simples medidas:

1. Descentralizar la banca, y someterla a un régimen de mercado libre.

2. Liberalizar la oferta monetaria, destruyendo el monopolio sobre la emisión de moneda y permitiendo que se escoja de forma libre y descentralizada, para así eliminar los privilegios que ostenta la banca, que actúan como incentivos perversos que les hacen llevar a cabo acciones tan perniciosas.

En Europa, empezaríamos por prescindir del Banco Central Europeo. Luego habría que asegurarse, eso sí, de que los Estados no toman el monopolio de la moneda en su lugar. Por el contrario, serían los agentes económicos los que decidirían el dinero base. Predeciblemente, basándonos en miles de años de historia humana, acabarían por prevalecer algún metal precioso. Plata u oro. Esto constituiría el dinero base. Pero no significa que la gente se vaya a poner a intercambiar monedas de oro. Los bancos, siendo empresas completamente desvinculadas de los Estados, sin rescates ni garantías, serían los responsables de emitir los medios de pago. A saber, un trozo de papel que sea representativo de una cantidad de riqueza definida en dinero base, o sea oro. Precisamente lo que era un dólar en 1900.

Pensaréis que me estoy contradiciendo. En mi última publicación La única alternativa sensata exponía exactamente cómo un Banco Central podía volver al patrón oro. En ese instante, quería enfatizar la simplicidad del asunto. Mostrar que no es algo “imposible en la práctica”, a diferencia de lo que dicen algunos.

Pero hoy estamos desmontando los perversos incentivos que entorpecen la actividad bancaria y crediticia. Desgraciadamente, como también muestra la historia, un monopolio sobre la moneda, aun siendo un monopolio basado en la adhesión al patrón oro, como podría ser el Banco de Inglaterra en 1920, acabará por desembocar en la misma mala praxis que antes anunciábamos.

Por el contrario, un sistema puramente libre como el free banking en Estados Unidos en el siglo XIX es la única manera de prevenir el envilecimiento progresivo de las finanzas y la moneda. Tan solo bajo el estricto régimen del mercado se podrá garantizar la perpetua estabilidad de la moneda y el correcto funcionamiento de los bancos. Pero los banqueros americanos no tardaron demasiado en tomar ejemplo de sus vecinos ingleses y establecerían la Reserva Federal en 1913: la primera perversión del sistema. Posteriormente se abandonaría el patrón oro completamente (una segunda perversión) y acto literalmente anticonstitucional en Estados Unidos.

En conclusión, es una gestión bancaria más libre lo que se requiere. Necesitamos desmantelar la relación banca-Estado y deshacer esos privilegios que tan poco tienen que ver con el mercado libre. Mientras subsistan estos privilegios, ninguna ingente cantidad de regulaciones podrá subsanar los males intrínsecos de este sistema. Por el contrario, si se procede a operar sin ellos, ningún tipo de control será necesario.

 

JamesJames Foord, estudiante de economía en UPF, miembro de la asociación Students for Liberty, editor de Pompeunomics, y autor de www.21stcenturyeconomics.wordpress.com

Puedes ver este artículo también en: http://www.pompeunomics.com/economia/que-pasa-con-los-bancos/#sthash.9Ay0Vxy3.dpuf

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