Lucha de clases: una perspectiva desde la psicología

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                                       [Imagen: Antonio Gramsci]

El término de “lucha de clases”, aunque no proviene originariamente del marxismo, ha sido popularizado por sus teóricos y muy usado y discutido en el terreno de la sociología. Hoy pretendo disputar el concepto de clase y tratar de redefinirlo, matizando ciertos aspectos importantes. Mi tesis fundamental es que el concepto de clase es útil para explicar ciertos fenómenos, pero que, debido a los errores de base económicos en el marxismo, se ha sesgado tremendamente hasta el punto de perder gran capacidad explicativa.

CLASE PROLETARIA VS CLASE CAPITALISTA

Primeramente, empezaré por aclarar de manera muy superficial las líneas básicas del marxismo. Las categorías originales presentes en Karl Marx son las de “clase proletaria o trabajadora” y “clase capitalista o burguesa”. La distinción de clases se genera por atributos compartidos de los miembros. Su orientación económica le lleva a atribuir dichos atributos a elementos de relaciones sociales, más concretamente, económicas o de producción:

  • Clase capitalista: conjunto de personas que son propietarias de los medios de producción –capital, si existe propiedad burguesa- en una sociedad capitalista.
  • Clase proletaria: conjunto de personas que no son propietarias de los medios de producción, y que por tanto, se ven obligados a vender su fuerza de trabajo a la clase capitalista para recibir un salario.

De hecho Marx estipula la relación concreta que hay entre ambas clases: existe una interdependencia de la clase trabajadora hacia la clase capitalista, puesto que estos últimos son los dueños del capital –y además, cada vez más concentrado en menos manos- y por tanto, de aquello que generará –mezclándolo con trabajo de la clase obrera- bienes y servicios futuros que todos necesitaremos. De esta forma Marx ve una relación de dependencia por parte del proletario hacia el capitalista o empleador. La dependencia, de hecho puede ser reformulada como dominación. Y, por tanto existe una clase capitalista que domina a la clase obrera, y gracias a esa dominación, la clase capitalista se puede permitir el lujo de “explotar” a los trabajadores, quitándoles lo que él llama “plusvalía” –dicho concepto de explotación deviene de la asunción de la teoría objetiva del valor-trabajo de los liberales clásicos como Smith y Ricardo.

Ahora bien, existe otra diferencia fundamental entre ambas clases y es el hecho de la consciencia de pertenencia a la clase. Es decir, que los capitalistas de una sociedad, al ser menor número y estar más concentrado el capital, son muy conscientes de serlo entre ellos y de pertenecer a dicha clase, y por otra parte, los obreros o proletarios, al ser muchos más y más diversos, no tienen –en gran medida- dicha consciencia de clase, y por tanto, están descoordinados y vulnerables a la explotación capitalista. Solo de vez en cuando a través de sindicatos, huelgas, manifestaciones, etc. se organizan parcialmente de forma consciente como clase social una parte dl proletariado.

Por tanto, para Marx lo fundamental es que los obreros tomen al fin consciencia de clase, se organicen y expropien lo que les presuntamente les fue robado anteriormente por los capitalistas (las plusvalías), y de esta manera plantea una revolución social y política –aceptando el aparato estatal y sus instituciones, y todas las contradicciones que eso comporta, como medio para la consecución de una sociedad sin clases donde los proletarios son propietarios de los medios de producción.

Ahora bien, después de Marx ha habido otras tantas contribuciones a la teoría marxista, aunque quizás la más destacable –por su heterodoxia, innovación y perspicacia- es la de Antonio Gramsci, quien profundiza en el concepto de la superestructura. Esta no es más que la otra vía de dominación que tiene la clase capitalista sobre la obrera, y que es la del Estado y la cultura. Es decir, medios de comunicación, películas, educación escolar y universitaria, etc. Todas aquellas instituciones culturales que determinan en gran medida lo que la gente percibe, piensa, siente, dice y hace. De esta forma se introduce un concepto que trasciende las relaciones de producción económicas y se centra en la ideología, la cultura y el Estado como elementos de dominación en manos de la clase capitalista para dominar y amedrentar a una clase proletaria explotada y alienada. En palabras de Friedrich Engels: “el Estado es el instrumento que permite a la clase económicamente dominante convertirse en la políticamente dominante”.

Podríamos escribir mil páginas sobre los errores de base cometidos en el marxismo, desde la teoría objetiva del valor-trabajo, y por tanto de su derivada de la teoría de la explotación por plusvalía, su tesis de acumulación de capital en pocas manos, hasta su concepción general de capitalismo y mercado como terreno de interdependencia entre clases y de dominación –cuando es claro que existe interdependencia mutua. Pero más que centrarme en eso, voy a tratar de centrarme en aquellas cosas en las que, a mi parecer acertaron, y en las que se acercaron a la realidad –sobretodo Gramsci.

TEORÍA DE LA IDENTIDAD SOCIAL

Antes de pasar a la revisión del concepto de clase, quiero aclarar la base teórica en la que me fundamentaré a partir de ahora. Mi división de las clases sociales se va a hacer en base a la teoría de la identidad social o categorización del yo de Tajfel & Turner. Por tanto voy a usar una herramienta extremadamente útil para estos casos: la psicología de grupos.

Ante todo, definimos el grupo: es un conjunto de individuos que se perciben a sí mismos como miembros de la misma categoría social, y que comparten una identidad social.

La teoría se podría resumir en unos cuantos puntos:

  • Cada individuo posee un autoconcepto (conocimiento sobre sí mismo), y en dicho autoconcepto que nos proporciona la identidad, hay una parte relativa a la identidad social (los grupos a los que somos conscientes de pertenecer). Es decir, nos categorizamos (a nosotros y a los demás).
  • Dichas categorías poseen asociaciones cerebrales con esquemas cognitivo-conductuales. Es decir, cada categoría tiene unos rasgos o características concretas que la diferencian de otras categorías, unas pautas estereotipadas (relaciones sociales) y una valoración. Estos esquemas son aprendidos mediante la experiencia social. De tal forma que, cuando nos encontramos ante una persona que reconocemos como alguien de una categoría que tenemos almacenada en nuestro cerebro, le aplicamos dichos esquemas cognitivos para interpretar sus actos, sus palabras, etc. y para actuar hacia él de manera coherente conforme a los mismos.
  • Las personas tienden a desarrollar un autoconcepto positivo, y concretamente, una identidad social positiva. Para ello, se comparan con otros grupos y según las valoraciones personales y sociales percibidas, deviene en parte una autoestima más alta o más baja.
  • Adicionalmente cabe destacar que se da un sesgo de favoritismo endogrupal frente a los exogrupos, de tal forma que la comparación cognitiva que se haga entre los grupos a los que se percibe que pertenece y los otros grupos, sea positiva y la máxima posible (estrategia de diferenciación máxima), en favor de la propia autoestima.

Por último, aclarar que, aunque el grupo no es más que la suma de las partes, sí que es diferente a la suma de sus partes. La acción colectiva tiene sentido en psicología y consiste en el conjunto simultáneo o sucesivo de acciones individuales que vienen determinadas en cada individuo por sus esquemas cognitivo-conductuales grupales compartidos.

REDEFINIENDO LAS CLASES

Dicho todo lo anterior, vemos pues el por qué Marx buscaba esa consciencia de clase obrera. Buscaba la formación de un grupo a nivel perceptivo-cognitivo, más allá de ser una categoría teórica y meramente descriptiva, y por tanto, esa era la única manera de organizarse, y más siendo un grupo tan grande en cuanto a tamaño.

De la misma forma Gramsci entendió que la superestructura –ideología, cultura, Estado- tenía una importancia fundamental en relación entre clases. La gente aprende de su familia, de sus profesores, de lo que lee y oye, etc. Así se van generando categorías o grupos cognitivos, que regulan en gran medida nuestro comportamiento y pensamiento hacia los demás y hacia nosotros mismos. De hecho, Carl Schmitt –aunque era fascista y no marxista- ya había entendido la necesidad de conflicto intergrupal y de la categorización del “nosotros” (amigo) y “ellos” (enemigo) para el cambio social profundo. Desde el terreno político se aproximó de forma bastante certera al terreno de la psicología de grupos.

Ahora bien, si se hace un examen más profundo de la sociedad, teniendo en cuenta todos los conceptos planteados hasta el momento, llegaremos a una conclusión cercana a la marxista pero no igual: existe una clase política perfectamente diferenciada y unos grupos de capitalistas y otros grupos de interés, los cuales tienen interdependencias entre sí, y por tanto, según la teoría realista del conflicto de Sherif, cooperarán para alcanzar sus objetivos. Hay que reconocer aquí que la Public Choice School ha entendido en gran medida el funcionamiento de la sociedad en este aspecto, aunque le ha faltado profundizar en lo explicativo. Y a eso voy yo, desde mi terreno.

Teniendo en cuenta la definición de grupo dada anteriormente como conjunto de personas que perceptivamente comparten una categoría social y por tanto unos esquemas cognitivo-conductuales muy similares y muy concretos, podemos darnos cuenta que, de hecho, una nación es un grupo. En una nación se comparte una cultura concreta que regula nuestro comportamiento y pensamientos hasta cierto punto –rituales de saludo, normas de tráfico, horarios para comer, tomar café o cerveza para charlar, etc.- y la gente en general se percibe como parte de la misma.

De hecho podemos llegar a la conclusión lógica de que los Estados modernos no son sino la parte de la estructura del grupo perceptivo-cognitivo “nación” que emerge de manera formalizada. Dicha estructura tiene sus estatus y líderes –Gobierno, parlamento, jueces, etc.- sus roles y competencias –generar leyes, juzgar, etc.-, sus normas –constitución y leyes-, sus rituales –votar en elecciones democráticas, ratificar leyes en el parlamento, etc.- y su cohesión grupal.

Además, en todo grupo, sea formal o informal, cuando un miembro quebranta una norma, siempre hay una reacción por parte del grupo y un castigo o penalización, para redirigir al miembro descarriado y regular su conducta conforme a las normas establecidas. En el Estado la policía es pues la garantía última del cumplimiento de las leyes-normas. De hecho ante un quebrantamiento de la ley, existe también una cierta represión social por parte de muchos miembros del grupo (ciudadanos de a pie). Evidentemente, todo depende del grado de importancia o valoración que socialmente se le dé a cada una de las leyes: la reprimenda informal (y la formal en general también) será mayor cuanto más importante para el grupo sea una ley.

Por tanto vemos aquí algo interesante y es que dicho análisis da cuenta de que el poder en sí mismo, el poder real, no está tanto en los fusiles o en la fuerza, sino en quien gestiona las normas de grupo o leyes. La fuerza o violencia es la garantía última, pero antes existe toda una estructura social y cognitiva compleja que garantiza en gran medida el cumplimiento de las mismas. El grupo encargado de llevar a cabo dicho rol es aquí el líder, que tiene un estatus superior, esto es, el Gobierno, e incluso, para mayor alcance analítico, la clase política –parlamentarios, ministros, alcaldes, etc.

Ahora bien, los fenómenos destapados de corrupción nos desvelan la cantidad de tramas e interacciones que existen entre ciertos grupos de interés y la clase política. Es decir, existe cooperación entre grupos por interés mutuo –puertas giratorias, etc.- de tal forma que al final la clase política se ve fuertemente condicionada por sus grupos de interés o lobbies, con los cuales pacta y coopera. De esta forma quien “manda” al final y en gran parte, no acaban siendo los políticos en sí, sino empresarios de alto nivel o grupos sociales de presión concretos y organizados –sindicatos, etc. De esta forma bien podríamos definir a todo este conjunto de grupos en interacción y cooperación como clase dominante. Nos será útil para el análisis suponer que dicha clase dominante constituye un grupo en sí mismo, puesto que son conscientes de sí mismos como grupo o clase. O, mejor dicho, usando el símil de Marx, tienen consciencia de clase, y por tanto se organizan entre sí para explotar a los demás miembros dentro de un Estado, los cuales están desorganizados y no tienen consciencia de clase, por tanto no son un grupo, y no actúan como tal para protegerse.

EXPLOTACIÓN Y EL EJE DEL MAL

Evidentemente que se produce explotación diariamente, que a muchos trabajadores se les paga menos de lo que deberían, y que la clase política nos exprime a impuestos (o tributos como los llamaban antes). Ahora bien, los marxistas yerran en donde colocan su punto de mira. Se fijan mucho más en los empresarios que explotan, en la causa última, y no se dan cuenta de que dicha explotación es posible solamente porque existe una clase política que directa o indirectamente genera las condiciones materiales y sociales –leyes- para que eso pueda ocurrir (p.e.: las licencias que restringen la oferta de productores y/o distribuidores y que por tanto permiten la cooperación –y no la competencia- entre empresas y de esta forma los oligopolios y sus nefastas consecuencias para el trabajador y para el consumidor).

El eje del mal es la clase política, que mediante su autoridad política –estatus y roles- permite y genera las condiciones necesarias para que exista una clase dominante más amplia, y por tanto, por exclusión, una clase oprimida (trabajadores, parados, empresarios o capitalistas que no compran favores políticos, etc.).

Y de hecho es importante entender que son los oprimidos quienes “aceptan” y perpetúan (por aprendizaje) la legitimidad de la clase política, otorgándole un estatus, reproduciendo los rituales establecidos (votar, etc.), teniendo expectativas convergentes hacia los políticos: ellos mismos (oprimidos) y sus esquemas cognitivo-conductuales sociales y grupales autorregulan su comportamiento y pensamiento que les impiden percibir la realidad de otra manera y actuar consecuentemente en contra de lo establecido, aunque su situación sea injusta.

Una de las lecciones que sacamos de todo esto es la importancia de la cultura y de la identidad social más allá de la capacidad de fuerza física, y por tanto, de la necesidad de crear una consciencia de clase oprimida/dominada con posibilidad de cambio. Ahora bien, teniendo en cuenta los errores en el punto de mira marxista y teniendo claro donde se encuentra el foco del mal: la clase política, el Gobierno y el Estado, que son las causas primeras que permiten la explotación.

HACIA EL CAMBIO SOCIAL

Ser individualista y creer en el individuo por encima del grupo no te hace renunciar ni de lejos –sería una inconsciencia- a la acción grupal y colectiva para alcanzar ciertas metas. De hecho existe un modelo teórico actual, muy integrador y robusto en cuanto a predictibilidad –de Taylor & Moghaddam- que describe el proceso de relaciones intergrupales (sobre todo en relaciones entre grupos de diferentes estatus, es decir, de dominación-sumisión) en 5 estadios que explicaré brevemente debido a su utilidad respecto al grupo oprimido o dominado:

  1. Primer estadio: relaciones intergrupales estratificadas y rígidas. Separación clara de grupos (dominante-sumiso) por barreras impermeables (no hay posibilidad de movilización individual entre grupos). Los miembros del grupo dominado internalizan su inferioridad atribuyendo su posición a las características de su grupo. Los miembros de dicho grupo se comparan socialmente entre sí mismos para aumentar su autoestima.
  2. Segundo estadio: surge una ideología social individualista. Después de esas comparaciones interpersonales entre miembros del mismo grupo, los individuos perciben y creen que su condición o posición social depende únicamente de cada uno, y por tanto, se autoinculpan, a la vez que perciben –erróneamente- las barreras hacia el grupo dominante como permeables.
  3. Tercer estadio: movilidad social individual ascendente. Los miembros mejor dotados del grupo dominado, percibiendo las barreras como permeables, hacen comparaciones interpersonales con miembros del grupo dominante e intentan acceder a él.
  4. Cuarto estadio: toma de consciencia. La mayoría de los intentos de movilidad social individual fracasan (las barreras eran en realidad muy impermeables). Los individuos dominados dan cuenta de dicha impermeabilidad y de la discriminación entre grupos, y culpan su condición social a la pertenencia de su grupo respecto al grupo dominante. Al discriminar categorialmente los grupos (“nosotros” y “ellos”) y tomar consciencia de ello, aumenta la cohesión grupal y la solidaridad interna y se produce una ideología de cambio social o grupal, que invita a la acción colectiva.
  5. Quinto estadio: relaciones intergrupales competitivas. Después de la toma de consciencia de la discriminación grupal y de las comparaciones intergrupales, el grupo dominado atribuye su situación a las tácticas de dominación del grupo dominante y desarrolla expectativas positivas respecto a la posibilidad de logros futuros. Finalmente, el grupo emprende distintas acciones colectivas. Si el resultado de tales acciones resulta un fracaso, la relación entre los grupos dominante y dominado retrocederá a alguno de los estadios anteriores.

Aunque puedan parecer estadios demasiado concretos, la teoría ha conseguido predecir de manera adecuada distintas situaciones en diversos estudios, demostrando así gran validez en el ámbito. Como se puede comprobar, este modelo resulta muy revelador a la hora de situarnos hoy día: estamos (aunque no igual en todos los lugares) entre el cuarto y el quinto estadio.

PODEMOS, DE NUEVO…

Ciertamente hemos de reconocer que parte de nuestra situación de relación intergrupal (entre toma de consciencia y competición) se la debemos a Podemos y a sus dirigentes. Ellos han definido a la casta y al pueblo. De hecho parte de su análisis –básicamente el análisis político- es bastante certero. Ahora bien, que acierten en parte del análisis y en los medios para conseguir un cambio social, no implica que todo su análisis sea correcto y que por tanto las recetas también lo sean. Siguen teniendo una orientación manifiestamente marxista y los sesgos y esquemas que ello conlleva, algunos apuntados anteriormente (errores graves en economía que les llevan a la culpa del capitalismo en general a la situación cuando en realidad se trata de corporativismo (capitalismo de Estado), punto de mira desviado, etc.).

Es decir, acaban diciendo que el problema no es estructural sino que es de las personas concretas (la casta), y que lo que hay que hacer es renovar esos puestos. Como carecen de conocimientos en psicología social y de los grupos no saben cómo los cambios de estatus y roles modifican la percepción, interpretación y conducta de la gente. Así, los líderes revolucionarios comunistas, después de acceder al Gobierno, generan una nueva casta, peor aún que la anterior, porque ha acaparado mayor poder. Esto es predecible desde la teoría que venimos construyendo a lo largo de este artículo. Y, en fin, la historia habla por sí misma (U.R.S.S., Cuba, etc.).

CONCLUSIONES

Así que, todo y que hemos de apuntar los aciertos en el terreno político de los marxistas, y en concreto en España de los máximos dirigentes de Podemos, no hay que olvidar lo dicho hasta ahora: el cambio social es necesario, la clase oprimida debe competir con la clase dominante tal como la hemos definido anteriormente, pero no hay que olvidar entre tanta adrenalina las recetas que funcionan y las que no. El marxismo posee errores graves de base en materia económica, y el liberalismo y capitalismo aparecen como más plausibles en explicar el fenómeno de la riqueza y la prosperidad.

Por tanto, deberíamos aspirar a un capitalismo donde no se den las condiciones materiales que permitan a ciertos empresarios explotar a sus trabajadores (libertad máxima de competencia). Mi propuesta personal, dado el análisis hecho, pasa por ir reduciendo el tamaño del Estado progresivamente hasta, si en el momento dado se ve factible, pasar a una situación sin Estado de propiedad privada: anarcocapitalismo. En sucesivos artículos trataré de fundamentar dicha visión y su capacidad de llevarse a cabo, para demostrar que no es algo tan “utópico” llegar a una situación tal.

Adrián FernándezAdrián Fernández
Estudiante de psicología en la UB. Estudio autodidacta de filosofía, ciencia política y ciencia económica. Anarcocapitalista. Blog personal: Anarquía de Mercado.

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