La globalización contra el Estado nación

Hace unos días Europa estuvo en vilo esperando el resultado del referéndum independentista escocés, en este referéndum estaba en juego no sólo que escocia y el Reino Unido se convirtieran en dos estados distintos sino el hecho de abrir la puerta a la posibilidad de más secesiones en el seno de la Unión Europea. El sí al plebiscito hubiera supuesto sentar un precedente que habría sido utilizado por los diferentes movimientos secesionistas.

La realidad es que cada vez asistimos a la proliferación de un número creciente de movimientos de autodeterminación en Europa así como a la consolidación de los ya existentes, desde los ya maduros independentismos catalán y vasco hasta los italianos de la Padania, pasando por los corsos o los flamencos. Muchos atribuirán el auge de estos movimientos a la recesión económica o al auge del nacionalismo identitario pero, en mi opinión, es debido a un hecho mucho más profundo y significativo, hecho del que sin embargo no se habla, o muy poco, desde los movimientos independentistas. El final del estado nación.

Este estado nación que empezó a gestarse a finales del siglo XVII y que evolucionó paralelo al capitalismo y a la ilustración tenía dos grandes ventajas comparativas y fueron estas, más que las ideas románticas del nacionalismo, las que condujeron a su proliferación. Por una parte la capacidad de crear un gran mercado nacional para el desarrollo de la industria y por el otro el poder de desarrollar economías de escala en el ámbito de la defensa nacional.

Estas ventajas han desaparecido, el clásico trade off entre las ventajas de ser pequeño y las de ser grande se ha decantado. El exponente paradigmático es el de los estados miembros de la unión europea, precisamente donde podemos ver el auge más numeroso de movimientos de secesión.

Los propios viejos estados se hicieron el harakiri cuando aceptaron las ideas de la globalización, el librecambio y los entes supranacionales, y es que ya no tiene sentido un estado que te garantice un mercado nacional cuando tu mercado es el mundo, o que te proteja de una invasión extranjera cuando formas parte de la OTAN. La respuesta son estados pequeños y diversos, con grandes ventajas respecto a sus homólogos de gran tamaño: Flexibilidad, simpleza, mayor homogeneidad en las preferencias de sus habitantes, mayor tendencia a la apertura, mayor proximidad con los ciudadanos…

EmigrarPor no hablar de la mayor de todas las ventajas para el conjunto de la sociedad, de todos los países, la de contar con numerosas alternativas para elegir su lugar de residencia, la posibilidad de votar con los pies y la limitación del poder gubernamental que supone el hecho de tener numerosos rivales que compiten contigo en la atracción de ciudadanos. Esto supone una mayor competencia fiscal, una mejor gestión administrativa y la necesidad de adaptarte a las preferencias de los ciudadanos, necesidad hace tiempo olvidada por los anquilosados burócratas estatales. Son numerosas las ventajas que ofrece un numero grande de estados pequeños obligados a introducir mecanismos de mercado y de competencia entre ellos, de proporcionar diferentes alternativas y de innovar, en frente del gran estado del que no se puede escapar y al cual el individuo tiene que aceptar.

Es desde este último punto dónde, desde una perspectiva liberal, creo que se nos muestran los mejores argumentos a favor de las distintos movimientos independentistas que existen en la actualidad. Un buen número de secesiones y la disolución de los antiguos estados conduciría a un mundo más libre y más prospero, con un mayor número de alternativas y con estados más débiles. Obviamente este no sería el resultado a corto plazo y tenemos un buen ejemplo en escocia, donde los partidarios de la independencia hacían campaña ofreciendo una mayor intervención por parte del estado y un mayor gasto público, pero lo seria en el largo cuando los mecanismos de la competencia hicieran efecto y los políticos se vieran apartados de sus sueños intervencionistas.

El estado nación está muriendo, lleva un puñal clavado en el pecho llamado globalización y esto es en definitiva una buena noticia para la libertad.

 

AndreuAndreu Reixach estudiant d’economia a la UB. Liberal, seguidor de l’escola austríaca d’economia.

2 Comments

  1. Juan Pina 17 octubre, 2014 Reply

    Completamente de acuerdo. El Estado-nación es una antigualla liberticida. Quiero muy poco Estado, el mínimo posible (y algún día aún lejano, ninguno), pero lo que desde luego resulta ya perentorio es que el Estado que haya no sea “nacional”. El concepto colectivista de nación, sea cual sea esa nación, es un troyano del Estado en las mentes de los ciudadanos, incluidos muchos liberales.

    La nación es un concepto difuso y cultural que puede tener valor antropológico, pero no puede determinar los límites ni las atribuciones de la comunidad política. Identificar ambas fue la estrategia más exitosa de los estatistas una vez desaparecida (gracias a los liberales) la identificación de esa comunidad política con la comunidad de creyentes. Desaparecida la religión como factor legitimador del Estado, los estatistas necesitaban otro y emplearon la nación. Luego vendría el pueblo o la clase social.

    Desnacionalizando, tanto por la vía globalizadora como por la del derecho de secesión, asestamos al estatismo el golpe de gracia. Junto con la evolución de las nuevas tecnologías y su reconfiguración de la red social profunda (que pasa de descentralizada a distribuida), la desnacionalización es el arma más efectiva de todos los antiestatistas. Ya hay un país, el Principado de Liechtenstein, que reconoce formalmente el derecho de sus once territorios constitutivos a la secesión por mayoría simple en referéndum. Prefiero cien Estados europeos que veintiocho, porque cuanto más pequeños, menor capacidad tendrán de aplastar al Individuo soberano.

    La libertad siempre ha florecido particularmente en países pequeños (ejemplo: Holanda), al resultarles muy necesario abrirse al mundo en comercio, en cultura, en todo. No es de extrañar que la construcción europea comenzara con el Benelux, ni que las primeras fronteras en convertirse en meros carteles de anuncio de cambio de “país” fueran las que existen entre esos tres Estados. Había más libertad en la Alemania y la Italia pre-unificación que en los engendros posteriores regentados por personajes como Bismarck, Hitler o Mussolini.

    Ludwig von Mises tenía razón al apoyar la autodeterminación. La lástima es que quienes hoy la invocan buscan corregir un mal con otro, un Estado-nación con otro. Pero eso no invalida el concepto de autodeterminación, por supuesto. A mí lo que me preocupa no es el independentismo, sino el nacionalismo (que es una forma más, y muy virulenta, de colectivismo). En definitiva, cuantos más Estados, menos fuertes; y que el sentimiento nacional (de quien lo tenga) sea un factor más de su identidad personal, como ser de un club de fútbol o de un estilo de música, sin vinculación directa con la organización política o territorial, y sin servir de excusa para la proliferación del Estado. Importa poco qué Estado, lo que importa es cuánto.

  2. Joaquim Camprubí García 24 octubre, 2014 Reply

    Vaya panfletada!. Si en lugar de Estado-Nación hubieras escrito Nación-Estado ya hubiese quedado clara la evolución política de nuestras sociedades: primero fueron las naciones y su evolución desembocó en los estados. Y algunas naciones se quedaron en el camino

    Por otro lado, la presunta globalización no es más que un modo en que los Estados más fuertes (no todos los estados son iguales, como tampoco lo fueron todas las naciones) están controlando el mercado mundial. Pocas instituciones son menos democráticas que la ONU (5 Estados con veto!!) o que la Unión Europea, reciclando nuestro voto en burocratas de alto rango. Ni hay más amenaza a la libertad que esos centros de decisión indescifrables.

    En fin, que los de Signo publican o dejan publicar cualquier cosa, vacía de fundamento.

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