Historia de la Libertad: La Revolución Francesa, una visión crítica.

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Maximilien Robespierre, Libertad, Igualdad, Fraternidad: “Castigar a los opresores de la humanidad es clemencia, perdonarlos es barbarie”.

Decreto del Directorio del Departamento de París: “Unidad, Indivisibilidad de la República; Libertad, Igualdad, Fraternidad o la Muerte”.

La Revolución Francesa:

Comúnmente se expone la Revolución Francesa como ejemplo de rebelión contra la tiranía y es ampliamente difundida en cualquier libro de historia como un impulso a la libertad. La revuelta contra el antiguo régimen y el paso efectivo a la vida política del llamado Tercer Estado destacan en la mente de todos recordándonos las lecciones de historia que pudimos recibir en la escuela o en el instituto promulgando la doctrina marxista de opresores contra oprimidos y dividiendo así la situación en sólo dos facciones, clases llenas de imágenes de la toma de la Bastilla o la obra de Delacroix la libertad guiando al pueblo, obra que realmente nada tiene que ver con la Revolución Francesa. Pese a ello, puede que el marketing recibido por esta revolución la eleve a un grado más alto que el que realmente se merecería y relegue a un segundo plano otras revoluciones mucho menos violentas, más fructíferas en sus objetivos y con una bases ideológicas mucho más sólidas, desarrolladas y justas.

 

Luis XVI:

Si bien Francia se encontraba en una situación de absolutismo monárquico bajo el mandato de Luis XVI, la propaganda de la época y posterior, detractores del monarca y la monarquía, pueden haber exagerado la situación en la que se encontraba el país por entonces. No sólo se exageraba la situación monárquica, que bastante perniciosa era de por sí, sino que además, ataques ad hominem eran frecuentes hacia los monarcas tildando al rey de afeminado y a la reina de inmoral, cuando en realidad, como explica Simone Bertiere, ambos eran discretos en la cuestión sexual por la condición de “vagina estrecha” que sufría María Antonieta, la cual no podía disfrutar de sus relaciones. A pesar de ello, la Revolución Francesa es expuesta como un triunfo del pensamiento de la Ilustración desarrollado por tan grandes pensadores como lo fueron Voltaire, Rousseau, Hume, Franklin o Jefferson, quienes mediante la razón querían extinguir la ignorancia y combatir la tiranía de modo que un mundo más justo y pacífico pudiera ser construido, respetando unos derechos inalienables al ser humano. En otras palabras, la Revolución Francesa se muestra como el cúlmen de las ideas del liberalismo impulsado por Locke, Smith o Bentham entre otros. Esta visión sería más adecuada para la Revolución Americana que para la Francesa.

 

Al contrario de lo que se cree, la Francia de Luis XVI no estaba en la más absoluta ruina, ni era el Estado más terrible ni temible por sus ciudadanos en Europa. Francia por aquel momento era el país más próspero y poblado de Europa, el francés era la lengua de la diplomacia, la música y la cultura. Además, los franceses vivían mejor que los habitantes de otros países de su alrededor, tanto las poblaciones rurales como urbanas crecían y los pensadores franceses se encontraban en la vanguardia de la filosofía.

Una vez en el poder, los primeros movimientos de Luis XVI en el trono fueron los de expulsar a los miembros del gobierno peor valorados por la opinión pública. Reformó leyes para atenuar las penas por deserción, excarceló a gran número de prisioneros políticos y abolió la tortura.

Mediante su ministro Turgot como controlador general de las finanzas se pretendía eximir de cargas fiscales a los pobres y poner un impuesto al clero y la nobleza por territorios, permitir la libertad de credo para los protestantes, unificar los sistemas de medida y peso, difundir de manera pública las ideas de la Ilustración, y proporcionar libertad de comercio e industria. Pese a sus intenciones, los poseedores del monopolio del grano, políticos pertenecientes a la nobleza y otra serie de privilegiados en los que se incluye la reina, se enfrentaron árduamente a la consecución de las reformas propuestas generando grandes disturbios para que dos años después las reformas fueran abolidas. Después con Necker en el ministerio, e influído por Voltaire, se abolió la servidumbre. Pese a ello, ésta siguió existiendo a nivel local hasta la abolición del antiguo régimen con la Revolución en 1789. Otro ministro, Calonne, sufriría la misma suerte de ser cesado por la oposición de la nobleza y otros, al ser designado por el rey para llevar a cabo diversas reformas (muy similares a las de los dos anteriores) por enfrentarse a los intereses de estamentos privilegiados. La repentina destitución de Necker del cargo, quien profesaba simpatía al Tercer Estado, frente a las finanzas del reino de nuevo en 1789 confirió un motivo de preocupación a éstos para pensar en una reafirmación de los privilegios de la nobleza.

 

La Revolución:

Con la autoproclamación del Tercer Estado como Asamblea Nacional sustituyendo en cierta manera a los Estados Generales y la demanda de una constitución por parte de la Asamblea se provocó al monarca a acontecer respuesta militar. Esto no fue bien visto por la opinión pública, y fue entonces cuando una parte de las gentes de París (según una revisión del censo de 1790 en 1832, unos 630 hombres) tomaron la fortaleza de la Bastilla, una fortaleza medieval de poca importancia. Se suele señalar la Bastilla como un símbolo del Antiguo Régimen por custodiar a los prisioneros señalados por el rey. En el momento de su toma la no tan inexpugnable fortaleza recluía un total de siete presos entre los que se encontraban falsificadores, un enfermo mental, un noble y un cómplice de intento de asesinato de Luis XV. Esto era debido a la decisión un año antes de ser derruida por su alto coste de mantenimiento.

Mientras se desarrollaba la Revolución las ideas inspiradoras de ésta se fueron disipando, mostrando una sustitución de un despotismo, el monárquico, por otro, el tecnócrata ilustrado, si se le puede llamar así. De las ideas de Montesquieu, Voltaire e incluso Robespierre poco o nada realmente llegó a quedar. El populismo se apoderó del movimiento y la propaganda surgió como justificación de masacres, barbaries y carnicerías. El respeto por la humanidad que exaltaban los pensadores ilustrados no se traducía en el respeto por el ser humano como individuo. Un nuevo régimen surgía de lo que en principio debía ser la razón y nadie o pocos podrían huir de ello. Cartas o declaraciones como la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, siendo una copia clara a la realizada años atrás por los padres fundadores de los Estados Unidos, y otros textos se mostraban como algo propio y exaltable, mas no fueron más que un gag para ganar apoyo que, una vez ganado, fueron rápidamente sobreentendidos y olvidados en la praxis por aquellos que habían sido sus ideadores.

Ya con Robespierre en el poder se acentuó, como explica Burke, el dogmatismo de la Ilustración que pretendía romper con el pasado, eliminar todo rastro de pensamiento de él y crear una nueva sociedad basada en principios e ideas abstractas y universales que debían ser aceptadas de manera total. Un ejemplo de esta rotura que pretendía la Revolución Francesa fue el cambio de calendario por uno nuevo basado en la “razón” del sistema decimal. Si bien la situación socioeconómica no llegó a cambiar en gran medida por una situación de capitalismo temprano que fue continuado aunque entorpecido, durante la Revolución es cierto que la imposición fiscal aumentó respecto a la que había con la monarquía con impuestos sobre la cosecha por ejemplo. La inestabilidad gubernamental y las reafirmaciones republicanas por parte de este personaje, del ala más radical de los jacobinos, generó protestas e inestabilidad social. Además, con Robespierre se empezó una cruenta purga de todo aquel que perteneciera al Antiguo Régimen, comulgara con él, fuera sospechoso de ello, no compartiera las ideas revolucionarias o por cualquier motivo pudiera ser tildado de antirrevolucionario. Miles de inocentes perecieron ante tal intolerancia ideológica llevada por un supuesto “racionalismo” ignorando los ideales de tolerancia impulsados por Voltaire, y miles de supuestos conspiradores pasaron también por la guillotina. Con Robespierre empezaba el Terror. Fue Robespierre quien impulsó la idea de cercenar la cabeza a los monarcas. Con él al frente del gobierno autocrático se estima que perecieron alrededor de 40.000 personas en un periodo de 10 meses, siendo el 70% de éstos trabajadores o campesinos. Mandó ejecutar tanto a enemigos como a amigos por igual por el bien y continuidad de la Revolución.

Finalmente Robespierre cayó en manos de sus iguales, quienes le condenaron a muerte y le enterraron en cal viva en una fosa común. Después de él la inestabilidad política se apoderó del país, que terminó en manos de Napoleón.

 

La Revolución Francesa pues, no impulsó la democracia en el mundo, ni sentó las bases de la democracia moderna, no creó ideas nuevas destacables y estuvo regida por una serie de bárbaros. No podemos atribuirle tampoco los principios de la moderna Declaración de los Derechos Humanos, ni considerarla un ejemplo de lo que debiera ser una reivindicación popular frente a la tiranía. La Revolución Francesa fue una revuelta por intereses privados que nada tuvieron que ver con la humanidad, desembocando en uno de los periodos más terroríficos para la sociedad francesa en la historia del país. La Revolución Francesa es ejemplo tan solo del populismo, la intolerancia, la corrupción de ideas y la carnicería. Más semejante a la Revolución de Octubre Rusa o la Cubana que a otras.

Finalizó la Revolución, como no podía ser de otra forma ante tal situación, con un golpe de Estado, creado por la necesidad de un orden frente al caos y la masacre, alzando a Napoleón como Cónsul y más tarde Emperador.

Que ésta sea la Revolución “liberal” más estudiada y más realzada empuja a un segundo plano otras como la Revolución Inglesa de 1688 o la Revolución Americana de 1776, mucho menos violentas e incruentas que proporcionaron la paz y la libertad a sus respectivas sociedades. Sin ser tan vistosas por su falta o menor grado de virulencia y corrupción, sus razones ideológicas toman mucho mayor peso y marcan los principios del mundo moderno, su sociedad, la democracia y los textos fundamentales de garantía de derechos. Así la Revolución Francesa no es sino una justificación de la violencia y la intolerancia ideológica en futuros actos o pensamientos de diversos intelectuales posteriores.

 

Como autor, apoyo y animo al lector a cuestionarse siempre el status quo y las verdades dadas, y a no dejarse influir por el marketing, estadística intuitiva o disponibilidad heurística. Empezando inclusive por la serie de artículos que aquí se escriben. Además, recomiendo el libro La Revolución Francesa de Pierre Gaxotte a todo aquel interesado en saber más sobre este suceso histórico.

Presentación

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David Pérez Recio

Graduado en Economía por la Universidad Autónoma de Barcelona, actualmente cursando el Master en Marketing de la Universidad Pompeu Fabra – Barcelona School of Management. Amante y lector asiduo de economía, política e historia.

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