El Estado contra los superhéroes

batman

El Estado no existe, solo en nuestras mentes. Es una ilusión. “¿Cómo que no existe? ¡Allí, en el Parlamento!” se oye a lo lejos… “La policía, el ejército, la fuerza, ¡Allí está el Estado!” dice otro… Pobres ilusos, ¡Tienen el punto de mira desviado! Cuando alguien me pregunta: “¿Pero qué demonios es el Estado? Ese ente misterioso y sombrío que sobrevuela todas nuestras cabezas, por encima del cual nada existe y nadie manda… ¿Qué es?”. Yo respondo que analicen las películas de superhéroes: Spiderman, Batman, Watchmen… ¿Y por qué los superhéroes? Pues porque en esas películas es donde el Estado más se desnuda, dejando sus intimidades al descubierto de la mirada ajena. ¿Y qué hace para desnudarse? Veámoslo…

ELIMINAR LA COMPETENCIA

Quizás donde más clara se vea la naturaleza del Estado es en las películas de Batman y de Spiderman. Hay una constante que subyace en ambas: la policía, el ejército, los burócratas, los políticos, y en resumen, todo el aparato estatal, lucha más acérrimamente contra dichos superhéroes que contra los malvados, bajo la prerrogativa de que “uno no se puede tomar la justicia por su cuenta”. ¿Qué vemos pues aquí? ¿Qué nos dicen los estatistas? Nos dicen que ellos son los legitimados para aplicar justicia, y no tú, aunque hagas un bien a la comunidad. Eso carece de importancia, si haces el bien o el mal, si la sociedad valora tus acciones positivamente o no. Aquí lo importante es que no le hagas la competencia al Estado en el terreno de la justicia y el orden público. Pero lo realmente importante es que al Estado le preocupa mucho más mantener dicho monopolio de justicia y orden, que el propio bienestar de los ciudadanos. Y de hecho, en las películas mencionadas, los respectivos superhéroes salvan a la humanidad de las más esperpénticas catástrofes, pero no precisamente gracias al Estado, sino ¡A pesar del Estado! Con todas las trabas que se les ponen constantemente, las persecuciones, los tiroteos, etc. ¿Qué es lo relevante pues aquí? ¿Que el Estado es quien ostenta el monopolio de la violencia, al estilo de Max Weber? ¿O se trata quizás del consentimiento del que goza por parte de sus ciudadanos? Así es… El Estado es Estado porqué contiene el monopolio del consentimiento y la legitimidad, y por ello necesita liquidar a aquellos competidores que pretendan usurparle dicho privilegio.

EL CIUDADANO QUE CONSIENTE Y AL QUE NO SE LE CONSIENTE

Es por esto mismo que el ciudadano común tolera los impuestos, a pesar de que si fuera un tercero quien le robase el dinero, aunque adujera a las más benevolentes y caritativas razones, no se lo permitiría, opondría resistencia, o como mínimo sospecharía. De la misma manera, el Estado puede secuestrar a un ciudadano, por el tiempo que él mismo estipule, por el hecho de que decida que se merece un castigo: sistema penitenciario. A un ciudadano normal no se le tolera dicho comportamiento, de hecho sería castigado por el Estado si lo hiciese, aunque fuese realmente un acto de justicia. Si un ciudadano falsifica billetes de euro en su casa, se le condena por fraude. Si es el Estado quien lo hace, imprimiendo papel moneda, se dice que está estimulando la demanda interna, y todos contentos. Y así podríamos seguir hasta el infinito y más allá enumerando todos los monopolios de comportamiento que tiene el Estado y que no tiene el ciudadano corriente. Todo esto es posible porqué le concedemos al Estado dicha legitimidad para llevarlos a cabo, se lo consentimos, y no así a los demás.

PENSADORES QUE LO TIENEN CLARO

Michael Huemer en The Problem of Political Authority define el poder que emana del Estado de manera irracional como la autoridad política: una ilusión moral de sus súbditos. Por otra parte, Thomas Schelling en The Strategy of Conflict estipula que el Estado es un foco reforzado de expectativas convergentes de los ciudadanos para resolver los conflictos que emerjan en el seno de la sociedad civil. También otros pensadores más antiguos como Étienne de la Boétie en Sobre la servidumbre voluntaria o Anselme Bellagarrigue en Manifiesto de la Anarquía se dieron cuenta de que la sumisión y la servidumbre son siempre voluntarias y consentidas por aquellos que las sufren. Finalmente, Nicolás Maquiavelo en El Príncipe supo diferenciar bien entre el uso de la fuerza y del consentimiento cuando fundamentó que el poder del príncipe debía ser el de un centauro, esto es, una parte animal: la irracionalidad, la violencia, el ejército… Y una parte humana: la razón, la ley, el consentimiento.

Y es que todo esto era de esperar, la violencia es costosa, sale cara a medio y largo plazo.

BANDIDOS INTELIGENTES

Pongamos un ejemplo práctico. Imaginemos por un instante un grupo de bandidos que asaltan un pueblo menos organizado y más débil. Lo saquean y lo conquistan. Al principio, para que los conquistados obedezcan, los bandidos deben vigilarlos constantemente y ejercer la violencia de las armas. Esto es, los someten por la fuerza. Pero ello implica un desgaste brutal de personal, de recursos, de alimentos, de armas, de conflictos, de cansancio… Así que se les ocurre inventar el derecho divino, por el cual se estipula que el rey de los bandidos, el gran conquistador, está legitimado para gobernar ese territorio porque Dios nuestro señor así lo quiere. De esta manera va siendo menos necesario el uso de la fuerza y la violencia para el sometimiento, tanto menos cuanto más se crean el discurso los oprimidos. Más adelante, tras varias generaciones, cuando dicho discurso esté ya totalmente internalizado en las mentes de los conquistados, se podría derivar el derecho divino en derecho democrático. Ahora “todos” pueden gobernar si así son escogidos por el pueblo. La forma ha cambiado, pero no el contenido: ambas son maneras de legitimar el poder conquistado, sólo cambia quien lo ostenta y el por qué ostenta dicho poder. Fuera pertinente quizás recordar aquí las inteligentísimas palabras de Lysander Sponner en No Treason: ”Un hombre no es menos esclavo porque se le permita elegir un nuevo amo tras un período de tiempo”. Así que, ambas son justificaciones para perpetuar el poder mediante el consentimiento generalizado de la población. El sistema resulta pues en que solo será necesaria la fuerza y las armas en momentos excepcionales (cuando alguien quebrante lo impuesto) y sobre todo, cuando la legitimidad y el discurso que ahora los sostiene arriba, se desgaten y se agoten: cuando la parte humana del centauro no sirve, toma protagonismo la parte animal, como en el origen de la conquista. Por tanto, la legitimación popular es una manera de economizar los recursos que te permiten mantener el poder sobre una población, sea cual sea su justificación: es un método eficiente de dominación de masas.

LA SALVACIÓN

¿Y quién nos va a salvar a nosotros de los bandidos modernos? Pues nadie más que nosotros mismos… Quitándole legitimidad a los Estados y a los gobiernos, con nuestra actitud negativa hacia ellos, mediante la desobediencia civil al estilo de Henry David Thoreau en Walden. Otra vía quizás más eficaz aunque más ambiciosa es agotando el discurso hegemónico actual y construyendo otro nuevo, haciendo que goce de mayor legitimidad popular que el anteriormente establecido (tal y como ya ilustré aquí). Claro que también nos van bien para esta empresa los superhéroes como Uber, que compiten cara a cara contra los bandidos apoderados, aunque como hemos podido comprobar recientemente, las batallas son difíciles de ganar mientras la legitimidad del Estado como autoridad política siga intacta. Pero, ¿Y cuando el poder de la legitimidad popular se les agote y surja de nuevo como punta de lanza el poder de la fuerza y la violencia que emana de las pistolas y de los fusiles? Entonces el artículo que escriba ese día será algo diferente a este… Aunque ya habremos avanzado mucho en el camino hacia la libertad y hacia la muerte del centauro.

Adrián FernándezAdrián Fernández
Estudiante de psicología en la UB. Estudio autodidacta de filosofía, ciencia política y ciencia económica. Anarcocapitalista. Blog personal: Anarquía de Mercado.

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