El BCE ataca de nuevo

Hoy, tras un largo periodo de inactividad, el BCE ha decidido reactivar su política monetaria. Con el supuesto propósito de evitar la deflación o la nueva acuñada terminología, lowflation (inflación peligrosamente baja), el BCE ha optado por reducir el interés a su mínimo histórico, situándolo en el 0,15 por ciento. Además, ha establecido un tipo de interés negativo para la facilidad de depósito, es decir, que ahora los bancos tendrán que pagar por los depósitos que tienen en el BCE, lo cual debería incentivar la concesión de créditos. Por último, Draghi ha decido también reabrir su «barra libre» y conceder a ciertos bancos una línea de crédito infinita, con la condición de que aumenten el crédito a las pymes.

Esta es la que el BCE considera la mejor manera de ayudar a la economía, pero sus intenciones andan desencaminadas en dos vertientes.

La primera es que el mayor supuesto que justifica la acción del BCE es la deflación. La mayoría de economistas mainstream perciben la deflación como el mayor de los males que existen. Sin embargo, sus temores son infundados. La deflación supone una bajada de precios, lo cual por sí solo parece más bien todo lo contrario: una bendición. En la práctica, una deflación supone un mayor poder adquisitivo para los ciudadanos, lo cual es ciertamente preferible a la inflación.

Pero más importante es lo que tanto el BCE como la mayoría de bancos centrales del mundo no entienden, y es que, precisamente ahora, una deflación es lo que debería darse en las economías occidentales. Sería más acertado llamarlo «desinflación», ya que responde al reajuste de los precios tras el periodo inflacionista anterior a la crisis. Básicamente, siendo este un periodo de «desapalancamiento», la destrucción de la deuda supone menos dinero circulante, por así decirlo, lo cual llevará asociado una sana y necesaria reducción de los precios. Dicho de otra forma, al haber menos dinero persiguiendo la misma cantidad de bienes, es normal que los precios nominales bajen.

El segundo error que comete el BCE es pensar que el problema que persigue a la economía Europea es una falta de crédito pero esto no es así. El crédito abunda y es evidente por las grandes reservas que atesoran los bancos. Lo que falta es demanda de crédito. En este sentido, lo que faltan son buenas oportunidades de inversión, lo cual el BCE, desgraciadamente, no puede «imprimir». El proceso de continuo refinanciamiento es, además, terriblemente perjudicial, ya que prolonga el necesario «desapalancamiento». La economía europea, que viene de un proceso de sobreendeudamiento y desajuste de su cadena productiva, necesita que los proyectos y, en general, la deuda superflua, se eliminen, y de este modo se permita la reorientación de los recursos ociosos ocupados en estos proyectos a oportunidades de inversión productivas. Al extender crédito indefinidamente, el BCE bloquea este proceso y no deja que florezca la innovación, manteniendo, como ya hemos dicho, recursos ociosos empleados en actividades improductivas.

Quizás la única preocupación razonable del BCE sea que el euro está sobrevalorado. Aunque esto es falso —ya que realmente son las demás divisas, como el yen y el dólar, las que se están devaluando—, sí que es cierto que los exportadores se verán beneficiados por una devaluación, pero lo contrario también sucederá con los importadores. Es más, en un mundo cada vez más especializado, tales distinciones acaban por caer en la redundancia. En el complejo entramado de producción, una misma empresa puede depender de distintas importaciones para realizar su producto final. Pero si el BCE quisiese mantener un valor del euro a la par con el del dólar, no tendría más que ligar el euro al dólar, de la misma forma que lo hace a día de hoy Hong Kong, a través de un currency board, sin necesidad de realizar un mix de acciones que, grosso modo, se pueden calificar de expansivas.

A sabiendas de esto, podemos pensar dos cosas: o bien que el BCE está compuesto por un grupo de economistas bienintencionados pero poco entendidos o, más probablemente, que el BCE entiende perfectamente lo que hace y utiliza la excusa de la deflación y la economía como pretexto para ocultar su verdadera motivación: ayudar a los mercados financieros.

En definitiva, a nivel económico, las acciones del BCE suponen un agravante a la ya ralentizada recuperación europea y una perversión cada vez mayor del ya muy intervenido y controlado sistema financiero. Además, a nivel social, supone un envilecimiento del euro y una violación de los derechos de propiedad de los ciudadanos que, sin alternativa, ven su poder adquisitivo reducido.

Outlining the real issues of economics today

JamesJames Foord Hernández

Estudiante de economía en la UPF, defensor de la libertad y autor de 21stcenturyeconomics.wordpress.com

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