Contra el monstruo frío (Autobiografía Educativa)

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Nací en 1974 en Vilanova i la Geltrú, Barcelona. Soy licenciado en Derecho y Doctor en Filosofía. Soy profesor de esta última materia en el sistema público educativo español -en concreto tengo plaza en un IES de la ciudad de Elche- desde 2004.

En este artículo autobiográfico trataré de relatar mis diferentes experiencias educativas, en tanto alumno y actualmente profesor, y sacar algunas conclusiones relativas a la cuestión olvidada de la libertad educativa en España.

Para empezar, fui a una escuela privada, donde cursé la EGB hasta 1988. Una escuela fundada en 1968, en el tardofranquismo, catalanista y en catalán, que empezó en la habitación de un domicilio particular y que poco a poco fue haciéndose mayor. Hoy forma parte de la red pública de colegios de primaria de la Generalitat de Cataluña, en concreto desde 1988, justo el año en que acabé el 8º de EGB (es decir, yo solo conocí esa escuela como centro privado). La escuela se convirtió pronto en una cooperativa de padres y más tarde los maestros se añadieron. Mi recuerdo, aunque no he salido precisamente catalanista, no puede ser mejor. A pesar de ser una escuela catalanista, se podía poner en cuestión en la clase de historia que Cataluña hubiese sido alguna vez una nación sin que te despreciaran. Había libertad. Pese a que el castellano estuviese excluido de los concursos literarios de Sant Jordi, cosa que ya entonces no me parecía bien, había respeto. Libertad y respeto, qué más se puede pedir. La escuela costaba unas 400 pesetas de los años 80 por hijo al mes. No era mucho pero era un dinero, cosa que ponía de manifiesto el esfuerzo de los padres que se responsabilizaban en primer lugar de la educación de sus hijos. Yo era de los alumnos de renta más alta (mi padre era pediatra, aunque éramos cuatro hermanos y mi madre no trabajaba fuera de casa), pero compartí aula con amigos cuyos padres llevaban el bar del mercado municipal, por ejemplo. Toda esta convivencia no era más que enriquecedora y, como he dicho, reflejaba un hecho esencial: los padres se preocupaban por la educación de sus vástagos y no delegaban esta preocupación en el Estado (o la Generalitat, en este caso). Había disciplina, es decir, los padres se autodisciplinaban gestionando libre y responsablemente sus propios recursos, como tan excelentemente apunta Milton Friedman en Libertad de elegir al hablar del primer beneficio del sistema del cheque escolar, especialmente para las familias de rentas más bajas.

Pero no todo era maravilloso. El problema principal de mi escuela privada es que tenía como objetivo fundamental convertirse en pública. Y lo consiguió, para desgracia de todos nosotros. El catalanismo de la escuela se convirtió en obligación social (y hasta socialista), como el mismo sistema de inmersión lingüística en catalán. Lo que había sido una opción libremente escogida en el caso de mi madre (hija de un pequeño empresario franquista), se convirtió en un trágala para todos. Pero yo vi a la fundadora y directora de esta escuela llorar en una reunón del consejo escolar (yo entonces era delegado de clase) por cómo se estaba produciendo la estatalización de lo que un buen día había creado libremente en su hogar. Antes incluso de esa estatalización definitiva, la injerencia y el intervencionismo, en este caso de la Generalitat de Cataluña, hizo llorar de rabia y frustración a la persona que durante tantos años había luchado ingenuamente por esa estatalización. Fue mi primer contacto con la “escuela pública, gratuita y de calidad”. Hoy en día, la otrora privada y más o menos libre Escola Llebetx es una madrassa nacionalista de baja calidad educativa como todo el sistema educativo español.

En 1988 pasé a un instituto de secundaria público; por fortuna, antes de la implantación de la Logse aprobada en 1990. O sea, hice un Bup y Cou bilingües (llegué a contar las asignaturas que me impartieron en cada idioma y el resultado era del 50% más o menos) y de cierta calidad. Así salté a la universidad, también pública, más o menos bilingüe y también de cierta calidad (me licencié en la UPF, hice un máster en el mismo centro y me doctoré en la UAB: ambos centros, UPF y UAB, entre los mejores de España y con cierto nivel internacional). Sin embargo, la añoranza por la calidez y cercanía que había conocido en mi escuela privada seguía viva en mi corazón en contraste con la frialdad cuasi monstruosa de la burocrática enseñanza pública, de incentivos tan perversos como ya estudiados por otros más capacitados que yo.

En 2004 aprobé las oposiciones para profesor de filosofia de secundaria en la Comunidad Valenciana y empecé con mucha ilusión en la ciudad de Castellón. Pero, hete aquí que, ante mi incredulidad, no pude empezar con peor mal pie: me suspendieron la fase de prácticas que hay que superar para obtener la plaza definitiva de profesor. En mis estudios pedagógicos preparatorios para ejercer como docente que realicé en la UAB había obtenido buenas notas. Y mi relación con el alumnado adolescente de aquel primer IES en el que empezaba por fin a trabajar no podía ser más cordial. Pero me suspendieron las prácticas. El motivo oficial por el cual el director de aquel centro no me aprobó tras los seis meses de prácticas fue la “no adecuada integración en el funcionamiento normal del sistema”. Tal como suena. Lo cierto es que yo entonces ya era un poco libertario conservador, como me gusta definirme al estilo de George Orwell, pero aún creía, ingenuo de mí, en que era posible hacer un buen trabajo de libertad y calidad en el sistema público de educación.

Bueno, tuve que repetir otra vez la fase de prácticas al curso siguiente y era la última oportunidad. El del sindicato (CSIF) me conminó a “tragar”. Y tuve que tragar o me quedaba sin empleo. El IES era de los mejores de la ciudad, pero aun así cada día había un conflicto, una indisciplina, una humillación para el profesorado y, lo que es peor, no resueltos o mal resueltos porque el sistema no permite otra cosa. La escuela pública, gratuita y de calidad. La escuela de ese “monstruo frío” (Nietzsche) que es el Estado (en este caso la Generalitat Valenciana).

Luego pasé un curso en Alicante y por fin me adjudicaron una plaza fija en un IES de la ciudad de Elche, donde actualmente resido. Volver a empezar. Renovación de ilusiones. Me ganaron una batalla pero no la guerra. Hay que seguir luchando. En fin, hice acopio de todos los tópicos al uso pensando que había caido en un buen lugar para hacer un buen trabajo (el IES tenía unos jardines de palmeras muy bonitos, etc.). El director parecía amable y sensato, o eso creía. Pero, ay, la cosa se empezó a torcer muy pronto. A los quince días, antes incluso de dar inicio a las clases, el director me llamó a su despacho, con tono intimidatoriamente serio. El motivo es que según aquel hombre no parecía que yo congeniara con mi compañera y jefa del departamento de filosofía del centro. No me acuerdo muy bien cómo reaccioné porque a partir de entonces todo se vuelve borroso en mis recuerdos.

Seguí adelante. Pero en enero, una nueva llamada al despacho del infame director, por supuesto de izquierdas y progresista (tenía un calendario del PSOE en el despacho). Esta vez me pasó un cuestionario sobre mi comportamiento en el centro. Al parecer le preocupaba que “todo el mundo”, especialmente los alumnos, hablaran de mí.. “No sé si eres consciente de que llamas la atención”, me dijo más o menos, añadiendo que si tenía algún problema, lo cual le parecía evidente (sic), que no dudara en pedirle ayuda. En fin, es la frase más peligrosa que te pueden decir, como bien sabía Ronald Reagan (“Hola, soy el Gobierno y vengo a ayudarte”). Contesté el cuestionario como buenamente pude y empecé seriamente a preocuparme.

En Semana Santa la cosa pasó a mayores. Al parecer, algunos padres de la asociación de padres y algunos alumnos estaban escandalizados por el tipo de exámenes que ponía, donde era importante la memorización. Era una barbaridad lo que les exigía a los pobres chicos, aunque el examen de selectividad de filosofía exigiera esa capacidad de memorización. Fue un argumento baldío por mi parte. También me acusaban de lo contrario, de dejar copiar e incluso de “negociar” (palabra maldita) con los alumnos. En fin.

Aquel curso pasó pero la situación siguió empeorando. No voy a extenderme en más detalles. Finalmente me abrieron un expediente disciplinario y me suspendieron de empleo y sueldo durante seis largos meses, tras los cuales por cierto mi cuenta corriente quedó casi a cero. Tuve un ataque agudo de ansiedad, el clásico ataque de pánico en el que sientes que estás muriendo y de repente tienes tendencias suicidas, tal cual. Tras los seis meses de sanción, volví al centro, pero ya nada era lo mismo. Físicamente, tenía la espalda mal. El motivo principal de mi suspensión había sido que yo “no cumplía adecuadamente con mis obligaciones de profesor”, más o menos. Eso no significa que yo llegara tarde a clase todos los días en una espiral de dejadez y abandono o cosas así, sino que no imponía disciplina, no controlaba a los alumnos, no evaluaba correctamente, etc. Pensaba que mis compañeros eran progresistas, incluso antiautoritarios, pero al parecer mi problema es que yo no actuaba como un policía. Yo había estudiado pedagogía, no obstante, y no para policía nacional. Me denunció hasta mi compañera de departamento por no seguir sus instrucciones. Yo solía aprobar con un 5 pelado a mucha gente al final de curso, porque habían cumplido los mínimos, porque se habían esforzado y porque no se iban a dedicar a la filosofía durante el resto de sus vidas. Pero a mi jefa eso le parecía intolerable. Le parecía más conveniente suspender al 80% de la clase y crear una élite de pelotas sabihondos.

Me di de baja, y así estuve durante dos largos años. Nunca entré en depresión, pero era evidente mi frustración personal y profesional, mi aislamiento social. Seguía padeciendo de ansiedad y un día perdí el juicio y al final tuve que ingresar en un hospital psiquiátrico de Barcelona, donde estuve unos quince días. Tengo diagnosticado un trastorno mental, en concreto esquizoide-afectivo, y me medicaré hasta el resto de mis días. La pastillita y a dormir, es mi rutina.

Leyendo entonces Gulag de la periodista Anne Applebaum conocí la situación de los últimos disidentes de la URSS, cuando hacía tiempo que ya no les mandaban a los campos de trabajo esclavo y optaban por enviarlos a los manicomios. Al parecer, había una especie de acusación común contra ellos, y era el intolerable deseo de estos “locos” de saber demasiado. Nada de investigar a fondo sobre la verdad y la justicia. Me sentí muy identificado con ellos, la verdad.

Me iba a reincorporar al centro donde me habían expulsado durante seis meses cuando en España se aplicaron algunos recortes en el sistema educativo. Mi plaza fue suspendida temporalmente y me declararon en situación de desplazado. Tuve que elegir un nuevo destino y no lo pensé dos veces cuando vi que podía elegir una escuela de adultos en la misma ciudad de Elche. Ya no enseño filosofía pero, aunque los inicios fueron difíciles, como es normal, no puedo estar más contento. Lo mejor de la escuela de adultos no es solo que los alumnos son adultos y por tanto hay disciplina y respeto. Lo mejor de la escuela de adultos no es solo que no tenemos que hacer guardias y que los alumnos van a clase porque quieren. Lo mejor de la escuela de adultos, al menos de la que conozco, es que parece una escuela privada. Por supuesto, no hay que adoctrinar a nadie en el voto por obligación sistémica. Por supuesto, al inspector no lo vemos ni en pintura porque a la administración no le importa la enseñanza de adultos (¡gracias a Dios!) y el Gobierno no viene a ayudarte. Por supuesto, nuestra autonomía es casi total, somos pocos y vigilamos los gastos (a pesar de ello, tenemos unas instalaciones excelentes). Siempre hay algún profesor desalmado y vago que se queja y que se cree que la educación por ser pública es de su propiedad, pero esto es totalmente una excepción, al menos en mi centro. Incluso estoy enseñando algo de Adam Smith y de liberalismo económico en una asignatura que se llama Mundo del Trabajo. A ver si sirve para algo.

Esta es mi historia. Siento lo prolijo del artículo pero mi objetivo no era hablar de mí sino poner de manifiesto cuál es la dura y cruda realidad del sistema educativo español. Si no paralizan la Lomce, a medio plazo mejorarían algunas cosas. Pero lo que a todas luces necesita recuperar la sociedad civil española es nuestra libertad y nuestros derechos, nuestra independencia y nuestra iniciativa. Lo primero de todo es devolver a los padres la responsabilidad y la libertad de educar a sus hijos, hoy delegada en el Estado. Para ello debemos reinvindicar con todas nuestras fuerzas la libertad educativa, que debe empezar por la libertad de empresa, es decir, por la libre creación de escuelas privadas de coste asumible por las rentas medias y bajas de nuestra sociedad. Hay que recuperar la franca y abierta relación (incluso comercial) entre padres y profesores. Hay que recuperar nuestra capacidad de ser dueños de nosotros mismos dentro de lo humanamente posible y razonable. No puede ser que, en este sentido, hubiera más libertad a finales del franquismo que en la democracia que hemos construido desde entonces.

Quisiera agradecer a Coro Xandri la oportunidad que me ha dado de escribir este artículo.

Este artículo está dedicado a la memoria de Francesca Cabrisses, fundadora de la Escola Llebetx.

Ximo Brotons

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